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69 El Papel Literario de El Nacional (26/02/11) ha vuelto a publicar un polémico ensayo de Arturo Uslar Pietri de 1974, “O ranchos, o desarrollo”, donde al lado de importantes y poco convencionales afirmaciones se sostienen algunos de los lugares comunes que, a juicio de quien escribe, menos han ayudado a comprender la modernidad venezolana y a superar las barreras que se le han interpuesto. Se intentará en las líneas que siguen rebatir algunos de estos últimos, desarrollados extensamente por el autor, pero también destacar las primeras. La importancia del debate público de esas ideas está asociada, particularmente, a la circunstancia de que su vocero ha devenido en una suerte de gran oráculo de la sociedad venezolana, por lo que sus puntos de vista suelen ser aceptados sin beneficio de inventario pese a que muchas veces carecen de sustentación en los hechos de la realidad e incluso pueden inducir a la implantación de políticas públicas erradas y aun contraproducentes.

Los mitos uslaristas Lo primero que es obligatorio denunciar es su visión idílica e incomprensiblemente nostálgica de la Venezuela pre-petrolera, cuando lo que entonces prevalecía era: en política el caciquismo, en cultura el analfabetismo , y la economía del conuco, en salud la desnutrición y las altas tasas de mortalidad en adultos e infantes. Luego la idea de que los campesinos migraban a la ciudad solamente atraídos por “señuelos”, por “la televisión, la radio, el cine y la propaganda”, ignorando o subestimando los procesos que condujeron a la generación de excedentes de mano de obra rural y forzaron su migración hacia las urbes principales, única alternativa existente en ausencia de la posibilidad de las migraciones internacionales. En tercer lugar la insistencia en llamar rancho (“un cajón de tablas”) a la vivienda predominante en los barrios caraqueños, lo que ni siquiera en 1974 era ya verdad, y marginales (“fuerza de trabajo no aprovechable por la ciudad”) a sus habitantes. Por último, la idea de que parte de esa población vive en tales condiciones no por necesidad sino por gusto, porque rechazan “vivir de una manera decente y civilizada” aun gozando de ingresos suficientes para abandonar el “mundo del rancho”. Todo ello enmarcado dentro de la premisa de que en países como el nuestro la urbanización ha revestido características particularmente negativas. Por el contrario, cuando hace referencia a la urbanización asociada a la revolución industrial (debe entenderse que europea) pareciera sugerir que se trató de un proceso sustancialmente armónico, que de una vez indujo dinámicas esencialmente virtuosas aunque con “ciertas características indeseables”. Matiza así denuncias tan crudas como la del famoso informe de Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845), para no hablar de las novelas de Dickens, y sobrevuela sobre el hecho de que, en su vertiente más técnica, el urbanismo moderno se origina en la Europa del siglo XIX a partir de reglamentaciones sanitarias que intentaban responder a las alarmantes condiciones de higiene causadas por la rápida y caótica expansión de las ciudades. En una reflexión sorprendentemente parecida a la

de Uslar, un testigo francés de la época (1831) escribía: “Cada industrial vive en su fábrica como los plantadores coloniales en medio de sus esclavos, uno contra ciento… Los bárbaros que amenazan a la sociedad no están ni en el Cáucaso ni en las estepas de Tartaria: están en los suburbios de nuestras ciudades industriales”.1

Por una aproximación más rigurosa a la realidad Volviendo a la realidad local, la verdad es que ante la incapacidad de las clases dirigentes para dar respuesta a los fenómenos desatados por las rápidas transformaciones económicas y demográficas de mediados del siglo pasado, una mayoría de la población consiguió responder por su cuenta a la inevitable necesidad de vivir en ciudades, partiendo, es cierto, de un rancho, pero que gracias a un admirable y prolongado esfuerzo terminó en la mayoría de los casos convirtiéndose en una vivienda digna. A lo que no pudieron dar respuesta fue a lo que, en definitiva, escapaba de sus manos y sólo podía hacer el Estado: construirla sobre terrenos dotados de los servicios y equipamientos urbanos fundamentales. En los mismos años en que Uslar publicaba su ensayo, un destacado economista brasileño, preocupado por el sesgo excluyente que en estos países estaban adoptando las políticas urbanas, advertía: “Sería una miopía indefendible, para no hablar de injusticia e inhumanidad, que el planeamiento opusiera barreras selectivas al aflujo de migrantes, vedando o dificultando la fijación en la metrópoli de quienes, aparentemente, tienen menos oportunidades de colocarse en el mercado de trabajo. Lo que se impone es una acción positiva del planeamiento, en el sentido de facilitar la absorción, por la economía metropolitana, de la oferta de fuerza de trabajo proveniente tanto de la inmigración como del crecimiento vegetativo de la población”.2 Lamentablemente lo que prevaleció fue lo primero, así fuera en la versión “dulce” de no producir la infraestructura necesaria, y no lo segundo. Pero además, como se ha demostrado hasta la saciedad, de ningún modo puede calificarse de marginal al grueso de la población de los barrios populares: aunque es verdad que una buena mitad de la fuerza de trabajo de las ciudades venezolanas se desempeña en el llamado sector informal de la economía, ello no quiere decir que éste sea prescindible ni que muchas de esas actividades no requieran de destrezas a veces incluso bastante sofisticadas. La persistencia de la informalidad en la economía no es atribuible a los trabajadores sino a unos gobiernos y unas clases dirigentes que han demostrado reiteradamente su incapacidad para superar las malformaciones de un sistema económico en extremo dependiente de la renta petrolera y una burocracia morosa y sin creatividad. Tampoco desde el punto de vista político les es aplicable la denominación, no sólo por el peso que esos sectores tienen en el acontecer político en sentido estricto, tanto en los regímenes democráticos como en los autoritarios, sino además por la tenacidad e ingenio que en innumerables casos han demostrado para organizarse en función de sus reivindicaciones.

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Revista CAV No. 57  

Revista oficial del Colegio de Arquitectos de Venezuela, Número 58. El Colegio de Arquitectos de Venezuela y sus filiales en todo el país, t...

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