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instruye y entrena a nuevos ciudadanos para el manejo de las armas sin ser esa la profesión por ellos elegida porque no es esa su vocación; se reduce la oferta de mano de obra para la actividad económica natural del joven rural que es la agropecuaria y acelera su migración a las áreas urbanas con la seguridad de no retorno al campo, pues lo conduce al fracaso de un proyecto de vida urbano que sueña, pero para el cual no está preparado. El otro efecto muy visible es la despoblación y envejecimiento del campo con una muy creciente reducción de áreas sembradas y de volúmenes de alimentos producidos.

El modelo ya descrito si bien tiene amparo en nuestro ordenamiento jurídico, también riñe con otros principios de rango constitucional, entre ellos el libre desarrollo de la personalidad expresado en el artículo 16 de la carta, por cuanto la obligatoriedad del servicio militar y de cualquier otra actividad de la vida humana, por ser obligatoria restringe la libertad y constriñe a las personas a tomar las armas aunque estén en contra de ellas y por ende las induce a una guerra en la que no quieren estar.

Otro enfoque que traemos a este análisis es el del artículo 22 que define a la paz como un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento. Por lo tanto, el servicio militar obligatorio para la guerra tampoco se amolda a ese principio, pues en la práctica saca a los campesinos de la producción pacífica y los coloca en frente de la guerra.

inicialmente soñado y lo conduce así sea temporalmente a una actividad diferente a la profesión u oficios naturales de su entorno, del cual como ya se dijo termina desarraigándolo.

De otra parte se consagra en el artículo 25 que “el trabajo es un derecho y una obligación social y goza, en todas sus modalidades, de la especial protección del estado” y seguidamente nuestra constitución señala (artículo 26) que “toda persona es libre de escoger profesión u oficio”. La imposición del servicio militar obligatorio entonces también se contrapone con los anteriores enunciados de la carta, porque el reclutamiento extrae por la fuerza al joven campesino de su trabajo habitual en el sector agropecuario, situación que trunca su proyecto de vida

Una cosa es un ejército para la guerra y otra distinta un ejército para la paz y la soberanía nacional. Esta es una reflexión muy pertinente en estos tiempos cuando la inmensa mayoría de los colombianos esperamos ver materializados acuerdos de fin de conflicto con las guerrillas y el control de otras expresiones armadas, también ilegales. Pero desde luego que esperamos y así tendrá que ser un fin de la guerra acompañado de la construcción de condiciones para la paz estable y duradera.

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Economía Campesina |ed-04 | Julio - 2016

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