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HISTORIAS DE OVIEDO

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iacomo Meyerbeer se supo ganar como nadie al público parisino del siglo XIX. El compositor alemán no fue precisamente el inventor de la ‘grand opèra’ francesa de cinco actos, ni creó el modelo del gran drama histórico, pero fue su principal y más influyente valedor. Tanto, que consiguió la fascinación del propio Wagner ante el éxito de su ópera más aclamada, Los hugonotes. Y así se entiende que un 17 de septiembre de 1892, a las ocho y media de la tarde, un Ayuntamiento de Oviedo con la cartera cultural en manos del mismísimo autor de La Regenta eligiese esta pieza operística para inaugurar su nuevo y flamante teatro. El Teatro Campoamor. Dos años antes, hace 128, el mismo concejal, Leopoldo Alas ‘Clarín’, había propuesto bautizar el edificio, presupuestado inicialmente en 300.000 pesetas (aunque el coste real alcanzó las 890.000 – lo de triplicar los presupuestos es imperecedero-) con el nombre del “poeta asturiano más ilustre”, el naviego Ramón de Campoamor. Los ovetenses, que por aquel entonces vivían en el interior de la muralla medieval, se reunían en torno a la plaza de la Catedral y en el casino del Palacio de Valdecarzana, y paseaban por la calle Cimadevilla, la comercial por excelencia de la época, disfrutaban de los más variados espectáculos en el Corral de Comedias situado en la actual plaza de El Fontán, un espacio que estructuralmente ya no daba para más. El público reclamaba un teatro en condiciones y por el entonces alcalde, José Longoria Carbajal (el de la plaza con su fuente), dio los primeros pasos para construir un edificio que satisficiera la capacidad esperada y el horizonte del siglo XX. Ópera en francés para inaugurar la actividad operística y teatral de Oviedo, aunque ya hace más de un siglo, la lírica no era la única actividad del coliseo. También sonaban la zarzuela y los conciertos; el drama y la comedia, y el público se asombraba con las inesperadas desapariciones y fantasías de los mejores prestidigitadores de Europa. Al poco de arrancar en 1915, el Consistorio apostó por instalar un cinematógrafo que, unos años más tarde, merced de la evolución del propio arte, fue sustituido por otro sonoro. Fue una de las actividades más productivas para amortizar la inversión del municipal en el coliseo. Casi 20 años disfrutaron los ovetenses del séptimo arte en el edificio de la calle Pelayo, hasta que las historias de la gran pantalla fueron interrumpidas por otras de mayor impacto. Durante la revolución de octubre, en 1934, el teatro fue quemado por las fuerzas gubernamentales para proteger el aledaño convento de Santa Clara, hoy convertido en sede de Hacienda. El teatro quedó reducido a cenizas y solo quedó en pie la antigua fachada presidida por dos estatuas de la Tragedia y la Comedia, hoy tristemente pérdidas. Tras la Guerra Civil se iniciaron los trabajos de reconstrucción del Teatro Campoamor, abriendo sus puertas de nuevo en 1948, y de nuevo con acento francés, el de la Manon de Massenet, protagonizada para la ocasión por una joven (25 añitos) María Victoria de los Ángeles, quizá la soprano española más importante de la segunda mitad del siglo XX. Así se reanudó, sin más interrupciones hasta hoy, la temporada operística de la ciudad. La segunda más antigua de España tras la del Liceu de Barcelona, y una de las más importantes del país.

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Revista lifestyle de Marta García Esteticistas.

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