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cada insurgente que apresaran se les pagaría la suma de 20 pesos, por cada oficial 50, y 100 por cada jefe. Resultaban soldados cuya fidelidad no podía garantizarse y cuya tendencia a los saqueos era permanente. Su otra misión, abastecer la ciudad de ganado, a la que envió varias partidas del mismo, llegando algunas de hasta 4.000 cabezas, pertenecientes a la estancia del propio padre de Artigas, le hacía dividir parte de sus tropas en dicho cometido, con la consiguiente fatiga de la caballería. En el bando Oriental En el bando oriental la situación llevaba una dirección inversa. Su número aumentaba en base al crecimiento de la adhesión al movimiento revolucionario y a la deserción de elementos del bando opositor. Se contaba con integrantes con conocimiento militar por haber pertenecido al ejército español, pero además los habitantes de la campaña tenían un dominio profundo del ambiente en que se movían, de las penurias que causa la falta de comodidades, ya que ése era su estilo de vida, y, principalmente, el de la caballada, medio principal de transporte. El armamento, generalmente compuesto de palos con cuchillos enastados, fue creciendo a medida que se capturaban armas de fuego y artillería del ejército enemigo. A todo ello debe agregarse la fuerza que proporciona la entrega a una idea, lo que hace que en momentos de urgencia se produzcan acciones sorprendentes como la que Artigas describe en su parte “… d. Ignacio Prieto, que para facilitar la marcha de la artillería en medio de la escasez de caballos que se experimentaba en el acto de la batalla, cargó sobre sus hombros un caxon de municiones, conduciendola así no corta distancia …”, y más adelante agrega “… el patriotismo mas decidido ha electrizado a los habitantes de esta campaña, que después de sacrificar sus haciendas gustosamente en beneficio del exército, brindan todos con sus personas, en términos que podría decirse, que son tantos los soldados con que puede contar la patria, quantos son los americanos que la habitan en esta parte de ella ...”. Otro elemento a destacar es que las fuerzas españolas se vieron privadas de sus principales oficiales, quienes fueron tomados prisioneros y enviados a Buenos Aires, algunos de los cuales pudieron retornar junto con Posada recién a fines de setiembre de 1811. Por otro lado, la masiva deserción producida en medio de la batalla operó en su contra. El regimiento de presidiarios volvió, casi inmediatamente, sus armas contra sus ex carceleros, destacando Salazar lo poco sabio de su reclutamiento: “… se tomo la perjudicial è impolitica disposición de reforzarlo (a Posadas) con 169 Presidiarios ijos en gral. De la Campaña, y a quienes se les quitaron las cadenas para de repente hacerlos heroes y se fueran a matar con sus parientes y paisanos, y asi fue que desde el principio le dieron mucho que sentir, y el día dela accion inmediatamente volvieron sus armas contra nosotros …”.29

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Salazar, José María: op. cit.

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El Despertar de la Banda Oriental  

Seminario del año 2011

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