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Pues bien, ante esos movimientos, las autoridades bonaerenses trataron siempre de imponer su modelo de organización político e institucional para asegurar su dominación y asegurarse de las rentas que les otorgaban los productos al salir y entrar a la región, como puerto único de la margen occidental del Uruguay y de esa forma conservar la hegemonía que tenía desde la lejana época de la gobernación. Para los orientales, la firma del Armisticio suponía que la tierra donde vivían, donde tenían conformadas sus familias, sus propiedades o donde habían encontrado un modo de vida, volvía a quedar bajo dominio de las autoridades españolas de Montevideo, a las que habían enfrentado y contra las que se habían levantado en armas. Como es de comprender, el temer por el futuro personal, familiar y patrimonial estaba presente y recordaban nítidamente el accionar de las “Partidas Tranquilizadoras” que utilizaron los españoles para imponer el miedo y terror a los que a fines de 1810 y comienzos de 1811 se insinuaban a favor de la causa de la liberación de los territorios. Por otra parte, nuevamente entraba en cuestión los problemas de titulación y ocupación de las tierras, pues los españoles podrían reclamar el cumplimiento de los “Bandos” de Soria y de Vigodet de 1810 y 1811 respectivamente que tanto contribuyeron a soliviantar los ánimos y predisponer a sumarse a la revolución. Es más, parecía que todos los esfuerzos desplegados en la causa de la revolución habían sido en vano. Conforme lo estipulaba el Armisticio, se levantó el Sitio a Montevideo y a marchas cansinas se dirigieron al Paso de la Arena para atravesar el Santa Lucía, con la remota esperanza de que no se ratificase y pudieran volver a la situación. Pero, el 23 tomaron conocimiento de la ratificación y ya la decisión era definitiva y entonces, optaron por iniciar la “Redota”, marcha de un pueblo que prefirió abandonar sus tierras, y salvaguardar la libertad, en un proceso que ilustrará nuestro pariente y amigo el Escribano Juan Antonio Varese. El “Armisticio” quedó grabado a fuego entre los orientales y lo consideraron como un hito en el cual la unidad rioplatense que se quebró de forma irreversible y roto el vínculo que los ligaban a Buenos Aires. Así lo recordarán en el Ayuí, tras un intento de formación de una Junta de Gobierno autónoma de Buenos Aires, tres días después, el 27 de agosto de 1812 se remitió una misiva que llevaba el nombre de “Representación de los jefes Orientales” ante el Cabildo de Buenos Aires y cuyo portador fue Don Manuel Martínez de Haedo. En la misma se narraban los agravios que habían padecido los orientales desde la revolución hasta los sufrimientos que pasaban a la “intemperie” en el Ayuí, y destacaban sobre el Armisticio que: “… Allí obligados por el tratado convencional del Gobierno Superior, quedó roto el lazo (nunca expreso) que ligó aél nuestra obediencia, y allí sin darla al de Montevi-déo, celebramos el acto solemne, sacrosanto siempre de una constitución social, erigiéndonos una cabeza en la persona de nuestro dignísimo conciudadano D.n José Artigas, para el orden militar, de que necesitábamos…”3.

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Reyes Abadie, Washington, Bruschera, Oscar H. y Melogno, Tabaré: “El Ciclo Artiguista”. Tomo I. Documentos de Historia Nacional y Americana”. Organización Medina, Montevideo, s/f. Pág. 94.

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El Despertar de la Banda Oriental  
El Despertar de la Banda Oriental  

Seminario del año 2011

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