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San Francisco de Borja, de Cuzco, alcanzando un nivel de ilustración superior. A los 22 años, a la muerte de su padre, heredó los cacicazgos de Surinama, Pampamarca y Tungusaca, y se casó con Micaela Bastidas Puyucawa, con la que tuvo tres hijos: Hipólito, Mariano y Fernando. Fue un hombre de considerable fortuna, dedicado a la agricultura y al comercio de arrieraje (transporte de mercancías en recuas de mulas), lo que provocó inquina en otros arrieros criollos, quienes influyeron en las autoridades españolas para aumentar la presión fiscal sobre la nobleza indígena próspera. Condorcanqui siempre se ufanó de su sangre inca y practicó como ningún otro la solidaridad con el sufrimiento su pueblo nativo, denunciando la explotación que sufrían en las minas, los obrajes y otras formas de empleo, así como los impuestos abusivos. Esto le generó un gran prestigio entre las masas indígenas. El 4 de noviembre de 1780 José Gabriel Condorcanqui, acompañado de líderes indígenas, se reunió con Antonio de Arriaga, Corregidor de Tinta, para expresarle su malestar por las condiciones de vida y los abusos a que estaban sometidos los indígenas, y por el aumento de la carga impositiva. No encontrando un eco favorable a los planteos, al término del encuentro detuvieron al corregidor y lo condujeron como prisionero a Tungasuca, donde lo obligaron a firmar una carta solicitando que le enviaran el tesoro real a su cargo, armas y mulas para repeler un supuesto ataque de corsarios al puerto de Aranta. Acto seguido, Condorcanqui convocó a todos los pueblos nativos en Tungasuca, donde se proclamó Inka Tupac Amaru II, hizo ejecutar al corregidor tras un juicio público y sumario, y con los bastimentos recibidos levantó en armas a la masa indígena. La revuelta convocó a decenas de miles de voluntarios y se extendió con virulencia por Perú, Alto Perú, Jujuy y Salta, aunque carente de organización y control central.

Al principio, las campañas le fueron

favorables, derrotando las tropas del Virrey Agustín de Jáuregui en la batalla de Sangarará. Sin embargo, las irreconciliables diferencias ancestrales entre los pueblos indígenas (quechuas, uruchipayas, aymaras, coyas, chinchas, etc.) trabajaron a favor de los españoles, y al demorarse las operaciones sin explotar el triunfo, los hispanos tuvieron la oportunidad de reorganizarse para contraatacar. Entretanto, pese a haberse proclamado “José I, por la Gracia de Dios, Inka Rey del Perú, Alto Perú, Santa Fe (Bogotá), Quito, Chile y sus Mares”, y alentar a sus seguidores a desconocer la autoridad virreinal, dirigió una carta al Rey de España jurándole fidelidad y declarando que su guerra era contra los funcionarios coloniales, no contra la corona de Borbón. La rebelión fue sofocada en abril de 1781. Tupac Amaru II resultó derrotado en la batalla de Checacupe y capturado vivo unos días después en Langui, Quedaron algunos focos insurreccionales en Alto Perú que fueron sometidos de a uno y sin piedad al orden virreinal. El 18 de mayo de 1781 José Gabriel Condorcanqui, el último Inka, fue ejecutado en la Plaza de Armas de Cuzco, la otrora capital del imperio incaico, en acto público, con saña y crueldad extremas, como medida ejemplarizante. Primero decapitaron sus hijos y a su esposa en su presencia, y después le cortaron la lengua antes de ejecutarlo por descuartizamiento. Sus restos fueron exhibidos en público (la cabeza en Cuzco, el tronco en Tinta, los brazos en

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El Despertar de la Banda Oriental  

Seminario del año 2011

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