Page 13

Los negros fueron de origen esclavo, traídos en cantidades importantes de África luego del Tratado de Utrech, principalmente para trabajar en las minas o los ingenios de Perú, Nueva Granada y Centroamérica. De ellos descenderían los mulatos y los zambos, los que a partir de 1795 recibirían algunos derechos que antes les fueran vedados, como la libertad, acceder a educación básica, casarse con criollos blancos, ser artesanos o campesinos independientes, tener empleos públicos e integrar las órdenes religiosas. Esto fue resistido por las aristocracias criollas, que veían disminuir la mano de obra barata.

Por ejemplo, en la Capitanía de

Venezuela, negros, zambos y mulatos eran el 61% de la fuerza laboral del campo en 1795, y de ellos dependía la economía de las plantaciones. Allí, terratenientes y comerciantes blancos desafiaron a la corona, y se opusieron frontalmente a la aplicación de la nueva legislación prohibiendo el acceso a la educación a todos los sirvientes y campesinos de color. En España, esta desobediencia pasó desapercibida para las autoridades reales. En la aristocracia criolla, luego de los sucesos de Haití, quedó un temor latente a los movimientos indígenas de protesta, en particular a que derivaran en actos de violencia, y esa sensación afectó a muchos americanos blancos e ilustrados en los años que precedieron a los procesos de emancipación. Con las primeras manifestaciones populares de protesta se percibió que muchos de los actores criollos temían más a las masas indígenas de su tierra que a los ejércitos realistas, y si bien algunos operaron para mantener la dependencia con la metrópoli, la mayoría, al hacerse evidente que España ya no podría mantener el orden colonial (en particular después de los sucesos de 1808), se apresuraron a tomar las riendas del poder para conducir las rebeliones y así mantener la posición y los privilegios, y evitar perderlos en el caos que de seguro surgiría. Los primeros antecedentes insurreccionales de América Latina comenzaron con los Comuneros de Paraguay (1721-1735), la Sublevación de Cochabamba (1730), el Manifiesto de Agravios (Oruro, 1739), la Rebelión Venezolana (1749-1752) y la Revuelta de Quito (1765), pero todos ellos significaron un incipiente despertar de intereses y conciencias regionales que para España no pasaron de ser molestias menores, reclamos puntuales de carácter fiscal. A su ocurrencia nadie en Madrid advirtió que la rivalidad entre peninsulares y criollos comenzaba a materializarse más allá de las palabras, y que podría escalar hasta quedar fuera de control. Los movimientos de protesta se iniciaron como una oposición abierta a ciertas medidas de gobierno provenientes de la metrópoli, como rechazo a tributaciones nuevas, o como levantamientos en contra de abusos de instituciones reales o la sociedad colonial. En todos los casos, los conflictos desnudaron la inestabilidad social de las masas indígenas y la ineficiencia de los organismos de gobierno colonial manejados por funcionarios exclusivamente españoles. Cuando la presión fiscal o los abusos fueron muy fuertes, los movimientos se produjeron con violencia. En 1780 se produjo un levantamiento indígena en el Virreinato de Perú, conducido por José Gabriel Condorcanqui Noguera, más conocido como Tupac Amaru II. Nacido en Cuzco en 1738, era descendiente directo (octava generación) del Inka Tupac Yupanqui, y por sus venas corría sangre inca, coya, ñusta y criolla. Estudió en el colegio jesuita para indios nobles

13

El Despertar de la Banda Oriental  

Seminario del año 2011

El Despertar de la Banda Oriental  

Seminario del año 2011

Advertisement