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Los pueblos construyen sus mitos a lo largo de los siglos y para ello se sumergen en la noche de los tiempos. En Aragón, no. Al menos en el caso del Canfranc, convertido en mito por los aragoneses de cuatro generaciones a caballo entre los siglos XIX, XX y XXI. La llegada de la Revolución Industrial cristalizó en el norte de España en la venida del ferrocarril, una obra romántica construida en plena vigencia del racionalismo. De ahí quizá sus males. Es una obra romántica por lo que supone de dominio de la naturaleza y de superación de la sociedad tradicional. Obra cumbre para arquitectos, ingenieros forestales y pioneros del desarrollo sostenible, el ferrocarril actuó como un demiurgo que transformó el paisaje, modeló al hombre e incluso cinceló “el ser aragonés”, que vio en él al símbolo con el que vencer sus ancestrales males.

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