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El arte, el desierto y un pueblo participativo | Enrique Winter

EL ARTE, EL DESIERTO Y UN PUEBLO PARTICIPATIVO

Enrique Winter

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Desde hace una década, la artista polaca Dagmara Wyskiel y el productor chileno Christian Núñez vienen celebrando semanas, festivales y ahora una bienal de arte contemporáneo en Antofagasta. Han sembrado en el mar y en el desierto más seco del mundo, que conserva por igual las momias de nuestros antepasados y toneladas de ropa descartada. Allí donde todo se mantiene intacto, bajo un sol cuya sombra se hunde en la minería, han cosechado año a año un público fiel para búsquedas artísticas que en otras zonas del país serían miradas con reticencia. ¿Cómo han atraído la presencia de 30 mil personas precisamente allí donde no hay un solo museo o escuela de arte?

A través de convocatorias enfocadas en el territorio. Salvo excepciones como la conferencia del extraordinario Óscar Muñoz, no invitan a los artistas. Ellos ganan su cupo entre cientos de proyectos a ser seleccionados por un jurado procedente de distintos países y campos artísticos, evitando el habitual monólogo hacia adentro, donde cada carrera cultiva sus lugares comunes. La apertura al público general es posible a través de una suma de particularidades como esta y, una vez en el montaje de las obras, se evidencia que para SACO el museo es el espacio abierto. En Antofagasta es único, desde el muelle salitrero que ahora administran hasta las ruinas de una fundición. A estos sitios suman los centros culturales y las galerías disponibles, donde se mezclan las obras internacionales con una nutrida escena local. Esa es la entrada al desierto donde continúan las obras de gran formato hacia Quillagua o San Pedro de Atacama, todas comentadas por entusiastas mediadores, formados por el mismo equipo de SACO. Con los talleres creativos que ofrecen en las escuelas ya no queda forma de habitar Antofagasta sin cruzarse con la reflexión artística. ¿Cómo han atraído la presencia de 30 mil personas precisamente allí donde no hay un solo museo o escuela de arte?

El tema fue el aluvión esta vez, porque las pocas lluvias, al desbordarse, han provocado tragedias como la de hace tres décadas. Las siete obras seleccionadas para la exposición del muelle Melbourne Clark lo abordaron desde perspectivas divergentes que forman un solo hogar extendido. El habitual paseo tuvo este año una puerta de cartón con una gran chapa que desafía nuestra noción de la seguridad. Una vez abierta la obra del mexicano Miguel Sifuentes, entramos a la mediagua hecha de tubos de PVC y silbatos por los cuales respira la precariedad de las soluciones habitacionales chilenas. En el patio trasero de la propuesta de la penquista Martina Mella lucieron las sábanas recién lavadas del día posterior al aluvión –trabajo invisibilizado de las mujeres–, colgadas por la brasileña Carolina Cherubini y que aquí evocaron la vela de un barco al zarpe. A sus pies navegó otro oficio textil, en los colores de la nigeriana Rita Doris Ubah. Entregado ya al juego reflexivo, el público se asombró con el cambio de perspectiva ofrecido por la plataforma de la también brasileña Marina Liesegang, con el dominó de cerámica de la costarricense Aimée Joaristi que los dirigió hacia el mar y, los más atentos, se sentaron sobre la banca inclusiva cuyo parlante no requería verse. Sentimos “cuando habla la tierra” junto al español Julio César Palacio.

En el desierto que todo conserva, estas obras –y las de veintiún artistas de otras residencias concursables– regalaron el placer de lo fugaz aparentemente, porque cada una vino a ponerse en tensión con este territorio, sus habitantes y su historia, cambiando sus propias formas y las de quienes acceden a ellas. Un proyecto que no deja de pensarse desde y para la transformación social, le devuelve la mirada a un pueblo participativo. Quizás lo acompañen de por vida, como el mar y el desierto a cuya siembra asisten gratuitamente.